Cuaresma 2026
“Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres””

La Cuaresma no es solo un tiempo en sentido del cronos, y por tanto del paso del tiempo cuantitativamente, sino un tiempo en el sentido del kairós, una nueva oportunidad de gracia, una invitación a volver al corazón. En medio del ruido, las prisas y las distracciones que nos rodean se nos proponen cuarenta días para detenernos, mirar hacia adentro y escuchar la voz de Dios que habla en lo más profundo.
Este tiempo litúrgico es, ante todo, un itinerario de conversión. No se trata solo de un cambio moral o de costumbres: volver a Dios desde el fondo del propio ser. En este sentido la Cuaresma es un tiempo de interioridad, porque solo en la interioridad el ser humano puede encontrarse con la verdad de su existencia y con el Misterio que lo habita.
La dimensión interior se convierte en espacio de comunión: el encuentro con Dios se traduce en amor activo hacia los demás. En esta experiencia de comunión con Dios, nuestro corazón se abre hacia los otros para albergar muchos rostros de hombres y mujeres de nuestro mundo. La esperanza no es solo una actitud individual, sino un horizonte compartido que nos permite salir de un “yo encapsulado” y conectar con un “nosotros”.
La esperanza nos convoca a la acción, a la proyección humana en busca de la realización de nuestros sueños y la construcción de un mundo mejor. En este sentido, la esperanza no se reduce a un mero sentimiento, sino que es una forma de existencia que nos impulsa a construir un futuro mejor, incluso en los momentos más difíciles.
La esperanza nunca deja de luchar. Por eso mientras haya personas, hay esperanza.



