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2019-2020 "El poder de cada persona"

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UNA PANDEMIA MUNDIAL: OPORTUNIDAD PARA EL CAMBIO.

Este año celebrar el Día de Caridad tiene un sentido diferente y especial. La pandemia mundial que ha generado el coronavirus nos ha obligado a disponer de nuestras vidas de una forma inimaginable hace tan sólo unos meses. Los hábitos cotidianos, la forma de relacionarnos y la gestión de nuestras emociones nos han desbordado. La enfermedad, la muerte de nuestros seres queridos y el aislamiento, han dejado paso a la inseguridad económica y laboral, a la falta de recursos básicos, a la pérdida de empleo o a los ERTES. Emerge una sociedad mucho más f rágil y vulnerable con una hoja de ruta más llena de incertidumbres que de certezas.Sin embargo, es desde esta f ragilidad desde donde hemos visto brotar miles de gestos solidarios llenos de caridad, de ese amor gratuito que nace del corazón de forma libre y desinteresada, sin esperar nada a cambio. Personas de pensamiento diverso, de todas las creencias, oficios, de todos los países del mundo, de todos los pueblos y barrios, todas a una, se han movilizado y puesto al servicio de una humanidad amenazada y herida. La experiencia vital nos ha hecho reaccionar ante el suf rimiento y el dolor compartido y nos ha empujado a rescatar nuestro sentido de identidad y pertenencia. Aquello que otras veces se nos olvida y nos arrastra hacia el egoísmo y la individualidad, hoy nos ha posicionado en lo comunitario, en priorizar el bien común que nos identifica como seres vivos: la protección y defensa de la vida.Semana de la Caridad 2020 “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo... Misión de iluminar, bendecir, levantar, sanar, liberar.” Papa Francisco, Evangelii gaudium 273

CELEBRAR EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE. El tiempo pascual ha abierto de par en par las puertas al Espíritu, el auténtico motor capaz de transformar-nos, de transformar el corazón y nuestro estilo de vida1. Aun así, queremos aferrarnos a nuestra vida de antes porque creemos que nos da seguridad. El miedo, el dolor que como personas y como sociedad experimentamos por tantas heridas abiertas, siguen planeando como una sombra sobre nuestra confianza y puede empujarnos una y otra vez a permanecer encerrados y temerosos, como les pasó a los discípulos con la muerte de Jesús en la cruz (cf. Jn 20,19).Pero no estamos solos. Cristo ha resucitado y hemos experimentado en cientos de signos y gestos que el Señor sale a nuestro encuentro para transformar nuestro duelo en alegría y aplausos, en compañía y conversaciones telefónicas, en entrega y ayuda vecinal, en multiplicación de panes y peces, en sanación y cuidado, en generosidad y servicio a la ciudadanía. Por eso, en este nuevo tiempo se hace aún más imprescindible celebrar la vida y el encuentro, alabar y dar gracias a Dios, porque Jesús, el Señor, se ha quedado con nosotros y nos invita a sentarnos a la mesa para hacernos pan y vino como Él y compartir lo que somos, todos los dones que conforman nuestro ser para ponerlos al servicio de los demás y de su fragilidad, que también es nuestra.1 Cf. Benedicto XVI, Deus caritas est 19.Tenemos grandes retos por delante que no podemos abordar solos, ni como individuos ni como organizaciones de forma unilateral. Necesitamos dibujar en común nuevos escenarios de vida y posibilidad para todos, y generar nuevos espacios de encuentro para sanar juntos.“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.” (Jn 6, 51).

EL PODER DE CADA PERSONA. CADA GESTO CUENTA. Si una persona es capaz de mejorar el mundo... ¡Imagina lo que podemos hacer en común! Es momento de ayudarnos y de sumar esfuerzos. Se ama lo que se conoce, lo que se experimenta. La experiencia es lo que nos permite elegir nuestras opciones en la vida. La experiencia de f ragilidad compartida es lo que abre las puertas de nuestra compasión y solidaridad, lo que nos mueve a querer hacer algo por los demás. En la medida en que seamos capaces de abrazar esta f ragilidad y hacerla nuestra haremos posible el Reino de Dios, esa nueva sociedad donde la justicia, la paz y la f raternidad se convierten en coordenadas para trazar una nueva hoja de ruta. Como Iglesia, como comunidad cristiana, tenemos el reto de acompañar y cuidar la f ragilidad y también cultivar la solidaridad emergente para que no se quede sólo en una reacción ante la amenaza compartida sino en una forma nueva de ser y estar en el mundo

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